Francesc Torralba, filósofo: “Un líder ético tiene voluntad de servicio, de atención a las personas y autodominio emocional”

Francesc TorralbaHoy todo el mundo reclama para sus organizaciones un liderazgo ético. Pero qué valores debe tener un líder en el marco de unas clima organizativo tensionado por las circunstancias actuales?

El filósofo Francesc Torralba (Barcelona, ​​15 de mayo de 1967), profesor de la Universidad Ramon Llull de Barcelona, ​​conferenciante y autor de más de setenta libros, reflexiona sobre los valores que deben impregnar el liderazgo, con motivo de su participación en la última sesión organizada el pasado 9 de marzo por la Sociedad Catalana de Gestión Sanitaria.

En momentos de crisis como los que estamos viviendo, las organizaciones piden auténticos líderes, también en el ámbito de la salud? ¿Vamos escasos?

Hay una profunda crisis de liderazgos y no sólo en el sector de la salud, también en el ámbito universitario, político, económico, social, religioso y cultural. Hay personas que tienen cualidades y aptitudes para liderar, pero no quieren y otros que no tienen estas aptitudes, pero lideran porque ven un modo de promocionarse. No es fácil liderar y menos aún en tiempos de gran incertidumbre e inestabilidad.

¿Qué cree que diferencia a un buen directivo de un líder?

Hay muchas definiciones de liderazgo. Según mi punto de vista, un líder es una persona que cohesionar grupos, extraer lo mejor de cada persona y ponerla en el lugar adecuado para hacer posible la visión que se ha propuesto una organización. El líder debe tener cuidado de las personas, velar por su desarrollo, hacerlas crecer y no debe tener miedo de delegar y dar funciones a personas que son más aptos que él para desarrollarlas. Un líder no es alguien que debe ser admirado; es alguien dispuesto a darse, a aportar su talento para ponerlo al servicio de un visión que lo trasciende.

¿Cuáles son los valores que marca una persona líder?

Es difícil sintetizar en pocas palabras. El líder ético es una persona que tiene autoridad, pero no es autoritaria, que es ejemplar en su conducta, humilde y audaz, justa en la distribución de roles y funciones y, a la vez, empática con todos; es alguien que es prudente en la toma de decisiones, capaz de autocrítica y que genera confianza y sintonía con los miembros que integran su equipo. Lo que más le ha de caracterizar es la voluntad de servicio, la atención a las personas y la templanza, es decir, el autodominio emocional.

En estos momentos en los que nos encontramos en las organizaciones, es fácil caer en el desánimo y la falta de ilusión por parte de algunos profesionales. También en algunas empresas puede imperar el miedo a perder el trabajo. ¿Cómo se puede cambiar una situación así?

Ciertamente, hay mucho miedo a las organizaciones y el miedo paraliza y atrofia las personas. Hay, también, desánimo, porque no se ha reconocido suficientemente el trabajo hecho, ni económicamente, ni socialmente. Hay mucha incertidumbre de futuro y, a la vez, un sistema que está muy amenazado por insostenible. Frente a esto, no hay soluciones mágicas, pero hay que entusiasmar a las personas en la visión, la misión y los valores de la organización. Hay que dedicar tiempo y esfuerzo a potenciar el sentido que tiene el trabajo, porque cuando las personas son capaces de ver el valor y el sentido que tiene su actividad, lo que construyen a través de ella, son, entonces, capaces de entregar -se a fondo y de descubrir la motivación intrínseca. Tener cuidado de las personas y velar por su salud integral es un fin noble que es motivador en sí mismo, pero a la vez, que necesita el justo y adecuado reconocimiento social y económico.

En su último libro Cuánta transparencia podemos digerir? La mirada honesta sobre uno mismo, los demás y el mundo que nos rodea (Pagès Editors) usted reflexiona sobre la capacidad que tenemos de digerir la transparencia. ¿Cuáles deben ser los límites de la transparencia en una organización del ámbito de la salud?

La transparencia es un valor emergente en las organizaciones públicas y privadas, pero no puede entrar en conflicto con derechos fundamentales de las personas, como el derecho a la intimidad, reconocido también en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). La confidencialidad es un exigencia de la ética médica y, por tanto, se debe preservar, pero es bueno que los ciudadanos conozcan a fondo la organización de una institución sanitaria, las fuentes de financiación, la distribución del dinero, de los roles y funciones, para que haya la máxima transparencia en aquellos temas que son de interés general para el ciudadano.